Mi primer día en Nueva York me dirigí encantada hacia el Upper East. No tenía pensado ningún destino particular, pero con mi amor por los grandes paseos, estas aceras inmensas y llanas simplemente me llamaban a caminar sin rumbo, a vagar entre los rascacielos. Desde mi casa, en la 113 llegué en pocos minutos a la 5ª Avenida. Más encantada aún comencé a recorrer la orilla este de Central Park dirección sur. Era maravilloso, las entradas de los señoriales bloques de la Quinta a un lado, al otro, el Parque por la mañana... neoyorquinos corriendo (tónica habitual cualquier mañana: o están corriendo o llevan un café de Starbucks), abuelas paseando a sus chuchos. Y para mí, cualquier pequeño detalle capturaba toda la esencia de Manhattan.
Joder, estaba en una película de Woody Allen! Entonces empezó a llover. Bueno, a llover no, a diluviar. Sin previo aviso: un minuto hacia sol, al siguiente estaba calada hasta los huesos. Llevaba un paraguas en el bolso, pero mi calzado no era ni por asomo apropiado para la tormenta tropical que teníamos encima. Con mis sandalias empapadas caminé más deprisa para encontrar una cafetería, una deli o una portería sin vigilancia donde cobijarme.
Craso error. En ese tramo de la Quinta (bueno, en la mayor parte de la Quinta) no existen cafeterías o locales aptos para que alguien como yo (ejemm, más bien pobre) se meta.
Me sentía un poco estúpida, pensaba "seguro que aquí todos saben que no hay que salir de casa con sandalias un día nublado". Quizás sea una fijación producto de mi último empleo, pero considero necesario llevar siempre el calzado apropiado para cada ocasión. En otras palabras, no me gusta llevar unas chanclas cuando diluvia, ni zapatos de tacón a un campus universitario.
Pero para mi sorpresa, los neoyorquinos simplemente pasan de eso. Vi de todo. Gente más empapada aún que yo caminaba tan tranquila por allí, departiendo con su compañero. Había un ejecutivo con el pantalón de traje remangado en los tobillos pero que por nada hubiera dejado de teclear en la Blackberry. Las abuelas guardaban a sus perruchos en bolsas de la compra.
Esa fue la primera vez que me di cuenta de que en esta ciudad a nadie le importa qué hagas o cómo vayas. Me encanta esa sensación de libertad algo mítica de esta ciudad, aunque creo que en el fondo en engañosa. La gente sí se da cuenta de qué haces o si vas vestido con un saco de coles, pero creo que son más tolerantes, al fin y al cabo, esto es Nueva York.
En resumen, los primeros pasos resultaron ser dolorosos: mis sandalias mojadas me rozaron por todas partes y me crearon las primeras (de muchas otras, es un estigma inevitable) heridas en los pies. Al poco había dejado de llover y yo crucé hasta Madison en busca de más animación...